Todos podíamos ser felices si no
condicionáramos tanto la felicidad. Con todas nuestras condiciones. Somos
nosotros quienes obstaculizamos nuestra búsqueda. A menos que lo decidamos,
no necesitamos esforzarnos por encontrar la felicidad o ni siquiera
esperarla ni un minuto más. Si hacemos a un lado nuestras condiciones,
podemos conseguirla en este mismo momento.
Un sabio dijo alguna vez que la
felicidad es aprender a aceptar lo imposible, prescindir de lo indispensable
y soportar lo intolerable. Si esta definición le suena inverosímil,
analícela un poco. ¿Qué nos impide ser felices sino nuestras
interpretaciones de lo que es indispensable, imposible o intolerable? ¿ Que
sucedería si fuéramos lo suficientemente sabios y maduros para reconsiderar
lo que no podemos aceptar o de lo que podemos prescindir? ¿ Que se
interpondría entonces entre nosotros y la felicidad?
Nadie puede torcer las misteriosas
reglas del universo. Las peticiones justas se rechazan con frecuencia, los
dones se reparten al azar, la tragedia cae sobre los inocentes. Así es el
mundo. Cuando podemos aceptar esto, dejamos de luchar contra el destino y
aprendemos a amar la vida por lo que es. De esta manera, aceptamos la
felicidad que siempre ha estado a nuestro alcance.
Para aceptar las reglas del mundo no
tengo que aprobarlas.
Para ser feliz, no tengo que salirme con la mía.
Que Dios los Bendiga.